Francisco: el pastor que nos enseñó la ternura de Dios.

El amanecer del 21 de abril de 2025 quedó grabado en la memoria de millones de fieles en todo el mundo. Aquella mañana, la Iglesia despertó con la noticia que nadie quería escuchar: el Papa Francisco había partido a la Casa del Padre.
Desde su residencia en la Casa Santa Marta, donde eligió vivir durante todo su pontificado, Francisco entregó su alma al Señor a las 7:35 de la mañana, acompañado de la oración silenciosa de quienes lo cuidaban en sus últimos momentos.
Horas más tarde, en la misma capilla que tantas veces lo vio celebrar la Eucaristía con sencillez y recogimiento, el Camarlengo, Cardenal Kevin Farrell, se dirigió a los presentes con profunda emoción:
> “Queridos hermanos y hermanas, con tristeza anuncio la muerte de nuestro Santo Padre Francisco. Toda su vida estuvo dedicada al servicio del Señor y de su Iglesia.
Nos enseñó a vivir los valores del Evangelio con fidelidad, coraje y amor universal, especialmente hacia los más pobres y marginados.
Con inmensa gratitud por su testimonio como verdadero discípulo del Señor Jesús, encomendamos su alma al infinito amor misericordioso de Dios.”
Aquellas palabras, breves pero llenas de fe, marcaron el inicio de los días de duelo y oración que siguieron en toda la Iglesia.
En Roma, las campanas resonaron desde la Basílica de San Pedro hasta los barrios más humildes, mientras en miles de parroquias de los cinco continentes se celebraban Misas en su memoria.
Durante su pontificado, Francisco supo devolver al mundo una imagen cercana y misericordiosa del rostro de Dios. Fue un Papa que eligió la sencillez antes que el protocolo, la cercanía antes que la distancia.
Rechazó los títulos honoríficos para hacerse llamar, simplemente, el obispo de Roma.
Su ejemplo de humildad y su permanente llamado a la fraternidad universal marcaron un antes y un después en la historia de la Iglesia.
Francisco abrió las puertas del corazón eclesial a todos, especialmente a quienes se sentían lejos o heridos. Con su voz firme pero compasiva, denunció la indiferencia ante la pobreza, la exclusión y la violencia, recordando que “nadie se salva solo”.
Su vida fue un evangelio vivido día a día, un testimonio de fe que trascendió fronteras, idiomas y culturas.
El 26 de abril de 2025, el Papa Francisco fue sepultado en la Basílica de Santa María la Mayor, el lugar que eligió para descansar eternamente. No fue una elección casual: allí, ante la imagen de la Salus Populi Romani, había confiado cada viaje, cada decisión importante y cada esperanza.
Miles de peregrinos se acercaron para despedirlo. Algunos lloraban en silencio, otros rezaban el rosario, y muchos simplemente repetían las palabras que tantas veces escucharon de su boca:
> “Recen por mí.”
Hoy, seis meses después, su legado continúa vivo en el corazón de la Iglesia y en la conciencia del mundo.
Francisco nos deja una herencia espiritual inmensa: la certeza de que el amor y la misericordia son más fuertes que el poder y la indiferencia, y que la fe se demuestra en gestos concretos de servicio y fraternidad.
Su vida fue una parábola de humildad y confianza, un llamado constante a mirar al prójimo como hermano.
Por eso, más que llorar su partida, el pueblo de Dios eleva una oración de gratitud por quien supo ser, ante todo, un pastor con olor a oveja, como él mismo solía decir.
Gracias, Papa Francisco, por mostrarnos que la verdadera revolución cristiana se llama amor.
Tu memoria seguirá guiando los pasos de una Iglesia que, gracias a ti, aprendió a mirar al mundo con ojos de misericordia.




