Evangelio del Día

EVANGELIO, LECTURAS Y COMENTARIO DEL DÍA 15 DE NOVIEMBRE – CICLO C

Primera Lectura Sabiduría (18, 14-16; 19, 6-9)
Lectura del libro de Sabiduría

Se vio el mar Rojo convertido en camino practicable, y triscaban como corderos.
Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable, desde el trono real de los cielos al país condenado; llevaba la espada afilada de tu orden terminante; se detuvo y lo llenó todo de muerte; pisaba la tierra y tocaba el cielo.

Porque la creación entera, cumpliendo tus órdenes, cambió radicalmente de naturaleza, para guardar incólumes a tus hijos.

Se vio la nube dando sombra al campamento, la tierra firme emergiendo donde había antes agua, el mar Rojo convertido en camino practicable y el violento oleaje hecho una vega verde; por allí pasaron, en formación compacta, los que iban protegidos por tu mano, presenciando prodigios asombrosos.

Retozaban como potros y triscaban como corderos, alabándote a ti, Señor, su libertador.
Palabra de Dios

Salmo Responsorial | Salmo 104, 2-3.36-37.42-43
℟. Recordad las maravillas que hizo el Señor.

Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas;
gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor. ℟

Hirió de muerte a los primogénitos del país,
primicias de su virilidad.
Sacó a su pueblo cargado de oro y plata,
y entre sus tribus nadie tropezaba. ℟

Porque se acordaba de la palabra sagrada
que había dado a su siervo Abrahán:
sacó a su pueblo con alegría,
a sus escogidos con gritos de triunfo. ℟

Evangelio Según San Lucas 18, 1-8
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas

Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan.
En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.

«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle:

«Hazme justicia frente a mi adversario».

Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo:

«Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme»».

Y el Señor añadió:

«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
Palabra del Señor

Comentario del Evangelio
San Jose María Escrivá de Balaguer, presbítero (s. XX) • Orar siempre. Homilía del 26-03-1967 en ‘Es Cristo que pasa’.

«Orad sin cesar» nos manda el apóstol Pablo (1 Tes 5, 17). Recordando este precepto, Clemente de Alejandría, escribe: «Se nos ha mandado alabar y honrar al Verbo, que sabemos es el Salvador y el Rey, y por él, al Padre, y no tan sólo unos días escogidos, como lo hacen otros, sino constantemente a lo largo de toda nuestra vida y de todas las maneras posibles».

En medio de las ocupaciones de la jornada, en el momento de vencer la tendencia al egoísmo, cuando experimentamos el gozo de la amistad con otros hombres, en todos esos momentos el cristiano debe encontrarse con Dios. El cristiano, por Cristo y en el Espíritu Santo accede a la intimidad con Dios Padre, recorre su camino buscando ese reino que, a pesar de no ser de este mundo (Jn 18, 36), se prepara y comienza ya en este mundo.

Es necesario encontrarse frecuentemente con Cristo, en la Palabra y en el Pan, en la eucaristía y en la oración. Y encontrarse frecuentemente con él tal como se frecuenta a un amigo, un ser real y viviente como es Cristo puesto que está resucitado. Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, es el Amigo. Un compañero que sólo se deja ver en la penumbra, pero cuya realidad llena toda nuestra vida y nos hace desear su compañía definitiva. El Espíritu y la Esposa dicen: « ¡Ven!» Y el que oiga, diga: « ¡Ven!» Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de la vida. Dice el que da testimonio de todo esto: «Sí, vengo pronto.» ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22, 17.20).

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