Homilía del Pbro. Cástulo Salina | 5° Dia de la Novena

En el marco del quinto día del novenario en honor a la Virgen de Caacupé, la comunidad se reunió una vez más para celebrar la Eucaristía, alimentándose de la fe y de la enseñanza del Evangelio. La misa fue presidida por el Pbro. Cástulo Salina, quien invitó a los fieles a profundizar en la Palabra de Dios y en el llamado urgente al cuidado de la casa común, tema central de esta jornada.
El sacerdote inició la homilía proclamando el Evangelio según San Mateo, donde Jesús recuerda a sus discípulos que “nadie puede servir a dos señores” y que no es posible servir a Dios y al dinero al mismo tiempo. Con la enseñanza de Cristo sobre la confianza en la Providencia, el presbítero subrayó la importancia de no dejarnos dominar por las preocupaciones materiales, recordando las imágenes de los pájaros del cielo y los lirios del campo como símbolos del amor providente del Padre.
En su mensaje, el padre Cástulo destacó la gracia de celebrar este quinto día del novenario dentro del tiempo de Adviento, un período que —expresó— es “tiempo de preparación, de conversión y de apertura del corazón para acoger la alegría y la paz que ofrece el Niño Dios”. Al mismo tiempo, recordó que con el Adviento inicia un nuevo año litúrgico, marcado este año por la consigna del “bien común”, inspirada en las palabras de Jesús: “Denles ustedes mismos de comer”, un llamado a la solidaridad y al compromiso con los más necesitados.
El tema del día, “Cuidar la Casa Común”, fue desarrollado con profundidad, vinculándolo al magisterio del Papa Francisco en la exhortación Laudato Si’. El sacerdote explicó que la creación —regalo de Dios para todos— atraviesa una situación crítica debido al maltrato que la humanidad ha ejercido sobre la tierra durante demasiado tiempo. Recordó que, según el Génesis, Dios no entregó la tierra al hombre para explotarla sino para cuidarla, recrearla y protegerla. Sin embargo, el ser humano, por ambición y pecado, ha interpretado erróneamente el mandato de “someter” la tierra, creyéndose dueño absoluto de ella.
El Pbro. Salina advirtió que la explotación irresponsable, la contaminación del aire, del agua y del suelo, y las enfermedades que hoy afectan tanto a la naturaleza como a la humanidad, son signos de que “nuestra casa común está gravemente herida”. Citó además al Papa Francisco, quien afirma que la tierra “clama” por el daño que le provocamos, siendo uno de los pobres más abandonados y maltratados de nuestro tiempo.
El sacerdote insistió en que somos parte de la creación: “nosotros mismos somos tierra”, recordó, invitando a tomar conciencia de que nuestra supervivencia depende directamente del cuidado que brindemos al planeta. El agua que bebemos, el aire que respiramos y los alimentos que producimos están profundamente afectados por la contaminación, consecuencia del abuso humano y de un sistema que prioriza la ganancia sobre la vida.
Refiriéndose al ritmo acelerado de la sociedad actual, destacó que la falta de contemplación ha llevado al ser humano a perder su capacidad de asombro y gratitud. Subrayó la necesidad de educar especialmente a los niños en el contacto con la naturaleza, para que aprendan desde temprana edad a valorar, contemplar y amar la creación. “Vivimos apresurados, rodeados de ruido, sin darnos tiempo para maravillarnos de las obras de Dios”, señaló.
El Pbro. Cástulo también habló sobre la “cultura del descarte”, término que el Papa Francisco menciona frecuentemente. Explicó que hoy se usa y se tira sin pensar en las consecuencias, afectando no solo a objetos y alimentos, sino también a personas. En esta lógica, quienes no producen o “no sirven” son excluidos y olvidados. A esto se suma una “cultura tecnocrática”, donde el progreso se impone incluso a costa de la vida. Como ejemplo mencionó la extracción intensiva del litio, considerado “el oro blanco del siglo XXI”, cuya explotación —aunque parezca ecológica— deja graves heridas: desecación de lagos, desperdicio de agua, contaminación y empobrecimiento de comunidades vulnerables.
El sacerdote invitó a los fieles a examinar su propio estilo de vida, preguntándose sinceramente cómo cada uno puede contribuir al cuidado de la casa común, aunque sea con pequeños gestos cotidianos. Recordó que Jesús enseña a mirar con sencillez y ternura las obras de la creación, confiando en la Providencia y viviendo con serenidad. Así, el cuidado del planeta comienza con un corazón agradecido y consciente.
Finalmente, el presbítero exhortó a no caer en la indiferencia y a asumir este compromiso como una responsabilidad cristiana: cuidar la creación es cuidar el don que el Padre nos confió. Con esa invitación profunda, concluyó su predicación, animando a la comunidad a vivir este novenario con espíritu de conversión, esperanza y amor por la obra de Dios.



