EVANGELIO, LECTURAS Y COMENTARIO DEL DÍA 14 DE ENERO

Primera lectura 1 Sam 3, 1-10.19-20
• Habla, Señor, que tu siervo escucha.
En aquel tiempo, el joven Samuel servía al Señor al lado de Elí. La palabra del Señor era rara en aquellos días y no eran frecuentes las visiones.
Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos habían comenzado a debilitarse y no podía ver.
La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios.
Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió: «Aquí estoy».
Corrió adonde estaba Elí y dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió: «No te he llamado. Vuelve a acostarte».
Fue y se acostó. El Señor volvió a llamar a Samuel.
Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado».
Respondió: «No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte».
Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor. El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado».
Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel: «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: «Habla, Señor, que tu siervo escucha»». Samuel fue a acostarse en su sitio.
El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores: «Samuel, Samuel».
Respondió Samuel: «Habla, que tu siervo escucha».
Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras. Todo Israel, desde Dan a Berseba, supo que Samuel era un auténtico profeta del Señor.
Palabra de Dios
Salmo responsorial | Sal 39, 2.5.7-10
℟. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor,
y no acude a los idólatras,
que se extravían con engaños. ℟
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». ℟
«-Como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». ℟
He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. ℟
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 29-39
• Curó a muchos enfermos de diversos males.
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca».
Él les responde:
«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
San Jerónimo, presbítero (s. IV) • Sobre el Evangelio de san Marcos. Jesús nos toma de la mano. Homilía 2
Luego, saliendo de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. Entra en la casa de Pedro. Digna era su alma para recibir a un huésped tan grande. «Vinieron—dice el Evangelio—a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre» (Mc 1, 29).
¡Ojalá venga y entre el Señor en nuestra casa y cure las fiebres de nuestros pecados! Porque todos tenemos fiebre. Tengo fiebre cuando me dejo llevar por la ira. Existen tantas fiebres como vicios. Pidamos a los apóstoles que intercedan ante Jesús, para que venga y nos tome de la mano, pues si él toma nuestra mano, la fiebre huye al instante.
Él es el verdadero protomédico. Médico fue Moisés, médico Isaías, médicos los santos, mas éste es el primero. Sabe tocar las venas y escrutar los secretos de las enfermedades. No toca el oído ni la frente, sino la mano. Tenía fiebre porque no poseía obras buenas. Primero hay que sanar las obras, luego quitar la fiebre. No puede huir la fiebre si no son sanadas las obras.
Ella no pudo levantarse, pues yacía en el lecho. Mas este médico misericordioso acude junto al lecho; el que había llevado sobre sus hombros a la ovejita enferma, él mismo va. Es como decir: hubieras debido salirme al encuentro, recibirme, para que tu salud no fuera sólo obra de mi misericordia, sino también de tu voluntad. Pero, ya que no puedes levantarte, yo mismo vengo.
«Y la levantó, tomándola de la mano». También Pedro, cuando se hundía en el mar, fue cogido de la mano y levantado. ¡Oh feliz amistad, oh hermosa caricia! Con su mano sanó la mano de ella. Cogió su mano como médico, le tomó el pulso, comprobó la magnitud de las fiebres, él mismo, que es médico y medicina al mismo tiempo.
La toca Jesús y huye la fiebre. Que toque también nuestra mano, para que sean purificadas nuestras obras. Está Jesús de pie ante nuestro lecho, ¿y nosotros yacemos? Levantémonos y estemos de pie: es vergüenza permanecer acostados ante Jesús.
Alguien dirá: ¿dónde está Jesús? Jesús está ahora aquí. «En medio de vosotros está uno a quien no conocéis». «El reino de Dios está entre vosotros». Creamos y veamos que Jesús está presente. Si no podemos tocar su mano, postrémonos a sus pies. Si no podemos llegar a su cabeza, lavemos sus pies con nuestras lágrimas. Nuestra penitencia es ungüento del Salvador.
Mira cuán grande es su misericordia. Nuestros pecados huelen, son podredumbre, y sin embargo, si los lloramos, se convierten en ungüento del Señor. Pidamos al Señor que nos tome de la mano.
«Y al instante la fiebre la dejó». Apenas la toma de la mano, huye la fiebre. Ten esperanza, pecador, con tal de que te levantes del lecho. Esto mismo ocurrió con David, que había pecado yaciendo con Betsabé y sintiendo la fiebre del adulterio. Después que el Señor le sanó, dijo: «Ten piedad de mí, oh Dios, por tu gran misericordia». «Contra ti sólo he pecado». «Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios mío». Pues había derramado la sangre de Urías. «Y un espíritu firme renueva dentro de mí». Porque en el tiempo del adulterio y homicidio, el Espíritu Santo envejeció en él. Y añade: «Lávame y quedaré más blanco que la nieve». Porque me has lavado con mis lágrimas. Mis lágrimas y mi penitencia han sido para mí como bautismo. Hizo penitencia y lloró, por ello fue purificado. ¿Qué sigue? «Enseñaré a los inicuos tus caminos y los pecadores volverán a ti». De penitente se convirtió en maestro.
¿Por qué dije todo esto? Porque aquí está escrito: «Y al instante la fiebre la dejó y se puso a servirles». No basta con que la fiebre la dejase, sino que se levanta para el servicio de Cristo. «Y se puso a servirles». Les servía con los pies, con las manos, corría de un sitio a otro, veneraba al que le había curado. Sirvamos también nosotros a Jesús. Él acoge con gusto nuestro servicio, aunque tengamos las manos manchadas: él se digna mirar lo que sanó, porque él mismo lo sanó. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén



