Evangelio del Día

EVANGELIO, LECTURAS Y COMENTARIO DEL DÍA 04 DE FEBRERO

4ª SEMANA DEL T. ORDINARIO
VIERNES · CICLO A

Primera lectura | Lectura del libro del Eclesiástico (Sirácida) 47, 2-13 • De todo corazón amó David a su Creador, entonando salmos cada día.

Como la grasa es lo mejor del sacrificio, así David es el mejor de Israel. Jugaba con leones como con cabritos, y con osos como con corderillos; siendo un muchacho, mató a un gigante, removiendo la afrenta del pueblo, cuando su mano hizo girar la honda, y derribó el orgullo de Goliat.

Invocó al Dios Altísimo, quien hizo fuerte su diestra para eliminar al hombre aguerrid y restaurar el honor de su pueblo

Por eso le cantaban las mozas, alabándolo por sus diez mil. Ya coronado, peleó y derrotó a sus enemigos vecinos, derrotó a los filisteos hostiles, quebrantando su poder hasta hoy.

De todas sus empresas daba gracias, alabando la gloria del Dios Altísimo; de todo corazón amó a su Creador, entonando salmos cada día; trajo instrumentos para servicio del altar y compuso música de acompañamiento; celebró solemnemente fiestas y ordenó el ciclo de las solemnidades; cuando alababa el nombre santo, de madrugada, resonaba el rito.

El Señor perdonó su delito y exaltó su poder para siempre; le confirió el poder real y le dio un trono en Jerusalén.
Palabra de Dios

Salmo responsorial | Sal 17, 31. 47. 50. 51
℟. Bendito sea mi Dios y Salvador.
Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen. ℟

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre. ℟

Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre. ℟

Evangelio del día – Mc. 6, 14-29

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos – Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.
En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.

Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».

Otros decían: «Es Elías».

Otros: «Es un profeta como los antiguos».

Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».

Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.

Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.

La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré».

Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».

Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?».

La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista».

Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».

El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.

Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
Palabra del Señor

Comentario al Evangelio
Francisco, papa (s. XXI) • Vivió y murió como su Señor. Viernes 6 de febrero de 2015
El Evangelio de San Marcos (6, 14-29) nos cuenta el trágico final de Juan el Bautista. El que nunca traicionó su vocación —consciente de que su deber era solo anunciar la proximidad del Mesías, consciente de ser solo la voz, porque la Palabra era Otro—, acaba su vida como el Señor, con el martirio.

Cuando acaba en la cárcel por manos de Herodes Antipas, el hombre más grande nacido de mujer (Mt 11, 11) se hace pequeño, pequeño, pequeño, primero con la prueba de la oscuridad del alma —cuando duda que Jesús sea aquel a quien ha preparado el camino—, y luego cuando le llega el final, ordenado por un rey fascinado y, a la vez perplejo, por Juan. Después de esa purificación, después de ese continuo caer en el anonadamiento —preparando el camino para el anonadamiento de Jesús—, acaba su vida. Aquel rey perplejo es capaz de una decisión, pero no porque su corazón se haya convertido, sino porque el vino le ha envalentonado. Y así acaba Juan su vida, bajo la autoridad de un rey mediocre, borracho y corrupto, por el capricho de una bailarina y por el odio vengativo de una adúltera. Así acaba el Grande, el hombre más grande nacido de mujer.

Cuando leo este texto, os confieso que me emociono y pienso siempre en dos cosas. Primero, pienso en nuestros mártires, en los mártires de nuestros días, en esos hombres, mujeres y niños que son perseguidos, odiados, expulsados de sus casas, torturados, masacrados. Y esto no es algo del pasado: ¡está pasando hoy! Nuestros mártires acaban su vida bajo la autoridad corrupta de gente que odia a Jesucristo. Nos viene bien pensar en nuestros mártires. Hoy pensamos en San Pablo Miki y sus compañeros, pero eso pasó en el 1600. ¡Pensemos en los de hoy, de 2015!

Además, ese disminuir de Juan el Grande, continuamente hasta la nada, me hace pensar que estamos en ese camino y que vamos a la tierra en la que todos acabaremos. Me lleva a pensar en mí mismo: ¡yo también acabaré! ¡Todos acabaremos! Nadie ha comprado su vida. También nosotros —queramos o no— vamos por el camino del anonadamiento existencial de la vida. Y eso —al menos a mí— me lleva a rezar para que ese anonadamiento se parezca lo más posible al de Jesucristo.

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