EVANGELIO, LECTURAS Y COMENTARIO | 05 DE MARZO

TIEMPO DE CUARESMA
Primera Lectura | Jer. 17,5-10
Esto dice el Señor:
«Maldito el hombre que confía en el hombre,
que en él pone su fuerza
y aparta del Señor su corazón.
Será como un cardo en la estepa,
que no disfruta del agua cuando llueve;
vivirá en la aridez del desierto,
en una tierra salobre e inhabitable.
Bendito el hombre que confía en el Señor
y en él pone su esperanza.
Será como un árbol plantado junto al agua,
que hunde en la corriente sus raíces;
cuando llegue el calor, no lo sentirá
y sus hojas se conservarán siempre verdes;
en año de sequía no se marchitará
ni dejará de dar frutos.
El corazón del hombre
es la cosa más traicionera y difícil de curar.
¿Quién lo podrá entender?
Yo, el Señor, sondeo la mente
y penetro el corazón,
para dar a cada uno según sus acciones,
según el fruto de sus obras»
Palabra de Dios.
Salmo | 1,1-4.6
℟. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. ℟
Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. ℟
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. ℟
Evangelio
Lectura del Santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 16,19-31
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.
Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.
Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’. Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.
El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’. Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’».
Comentario al Evangelio
Papa Francisco (s. XX) • Extracto de la homilía «Lázaro llama hoy a nuestra puerta» Santa Marta 25 de febrero de 2016.
En el Evangelio se presenta “la parábola del hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo y cada día daba grandes banquetes”, sin darse cuenta de que “a su puerta había un pobre, de nombre Lázaro, cubierto de llagas”. Ante esta escena surge una pregunta decisiva: “¿Soy un cristiano del camino de la mentira —solo del decir—, o soy un cristiano del camino de la vida, es decir, de las obras, del hacer?”
Aquel hombre rico “sabía los mandamientos”, tenía “una cierta religiosidad”, seguramente cumplía con las prácticas externas. Sin embargo, era “un hombre encerrado, encerrado en su pequeño mundo —el mundo de los banquetes, de los vestidos, de la vanidad, de sus amigos—, un hombre encerrado precisamente en una burbuja de vanidad”. “No tenía la capacidad de ver más allá, solo su propio mundo.” No pensaba en “las necesidades de tanta gente” ni en “la necesidad de compañía de los enfermos”. Solo pensaba en él, en “sus riquezas, en su buena vida: ¡se daba la buena vida!”.
Era, por tanto, “un religioso aparente”, alguien que “no conocía ninguna periferia”, ni siquiera “la periferia que estaba junto a la puerta de su casa”. Caminaba “por el camino de la mentira, porque se fiaba solo de sí mismo, de sus cosas, pero no se fiaba de Dios”. Así, “no ha dejado herencia, ni ha dejado vida”, porque vivía “encerrado en sí mismo”.
Hay un detalle revelador: “Es curioso que hasta haya perdido su nombre. El Evangelio no dice cómo se llamaba, solo dice que era un hombre rico.” Cuando el nombre se reduce a un adjetivo, “has perdido sustancia, has perdido fuerza”. Y esto sucede también en nuestra manera de hablar: “Este es rico, este es poderoso, este puede hacerlo todo, este es un cura de carrera, un obispo de carrera” Cuando se habla así, es porque “no tienen sustancia”.
Y surge la pregunta: “¿No tuvo misericordia Dios de ese hombre? ¿No llamó a su corazón para removerlo?” Sí, la tuvo. “Estaba a la puerta, en la persona de aquel Lázaro, que sí tenía nombre.” Lázaro, con “sus necesidades y sus miserias, sus enfermedades”, era “el Señor que llamaba a su puerta, para que ese hombre abriera su corazón y la misericordia pudiera entrar”. Pero el rico no veía nada: “para él, detrás de la puerta no había nadie”.
En este tiempo de Cuaresma conviene examinarse: “¿Voy por el camino de la vida o por el camino de la mentira?” ¿Cuánta cerrazón queda en mi corazón? ¿Dónde está mi alegría: “en el hacer o en el decir”? ¿En “salir de mí mismo para ir al encuentro de los demás, para ayudar con las obras de misericordia”? ¿O en “tenerlo todo en su sitio, pero encerrado en mí mismo”?
La reflexión concluye con una súplica:
“Pidamos al Señor la gracia de ver siempre los Lázaros que hay a nuestra puerta, los Lázaros que llaman al corazón, y salir de nosotros mismos con generosidad, con actitud de misericordia, para que la misericordia de Dios pueda entrar en nuestro corazón.”



