La Santa Sede

EXPOSICION DE LA RELIQUIA DE LA SANTA FAZ DEL SEÑOR

El Velo de la Verónica se expone en la Basilica de San Pedro, como es de costumbre cada V Domingo de Cuaresma: una reliquia que invita a mirar el Gólgota y descubrir que la muerte puede convertirse en hermana

Cuando las campanas de la Basílica de San Pedro anunciaron la llegada del Velo de la Verónica en la tarde del V Domingo de Cuaresma, los fieles congregados en torno al baldaquino del Altar de la Confesión levantaron la mirada en silencio. En ese gesto sencillo —ojos en alto, corazón quieto— quedó resumida la esencia de la peregrinación cuaresmal que desde el siglo III convoca a los creyentes a los lugares santos de Roma.

La reliquia que guarda, según la tradición, la impronta del rostro de Jesús en el camino al Calvario volvió a hacerse presente ante los ojos de la Iglesia. Ante ella, el cardenal Mauro Gambetti, Vicario General de la Ciudad del Vaticano, presidió la celebración eucarística con una homilía que tejió el misterio del sufrimiento y la resurrección en torno a la figura de Lázaro.

«Nos invita a dirigir nuestra mirada al Gólgota, donde Cristo crucificado manifestará su gloria» — Card. Mauro Gambetti

Una tradición de quince siglos

La costumbre de recorrer las iglesias «de las estaciones» —aquellas que custodian reliquias de santos y mártires— se remonta a los primeros siglos del cristianismo en Roma. Cada domingo de Cuaresma, la Iglesia señala una basílica como destino de peregrinación, ofreciendo a los fieles la oportunidad de orar junto a los testigos de la fe que construyeron la Iglesia con su sangre. Este V Domingo correspondió a San Pedro, corazón visible de la catolicidad, y a su custodia más impactante: el lienzo que la tradición recuerda como el velo con que una mujer compasiva limpió el rostro ensangrentado del Señor.

Desde la tribuna de la estatua de Verónica —una de las cuatro imponentes figuras que flanquean el baldaquino bernino— el paño fue mostrado a la asamblea. El silencio que se hizo en ese momento, denso y cargado, comunicó lo que ninguna palabra habría podido: el misterio de un Dios que acepta ser visto en su vulnerabilidad, y que en esa vulnerabilidad se vuelve más cercano que nunca.

La homilía: Lázaro, espejo de nuestra fragilidad

El cardenal Gambetti tomó como hilo conductor el Evangelio del día, el relato de la resurrección de Lázaro según san Juan. En él encontró el marco perfecto para interpretar pastoralmente lo que la reliquia expresa visualmente: el encuentro entre la muerte y la vida, entre la angustia humana y la promesa divina.

«El amor es la razón que lleva a Jesús a experimentar el dolor de la pérdida con sus amigos», señaló el Purpurado. Y de ese amor brota la compasión, visible en la pregunta que el Señor dirige a quienes lloran junto a la tumba: «¿Dónde lo han puesto?». Gambetti subrayó que esa misma pregunta resuena hoy ante «las muertes incomprensibles y las situaciones de violencia y guerra que presenciamos impotentes».

Reflexión pastoral: «El hombre no está hecho para la muerte, no está hecho para el aislamiento ni para los placeres egoístas, no está hecho para estar encadenado ni triste. El hombre está hecho para la vida, para compartir dones con los demás, para relacionarse, para ser libre y alegre.»
— Cardenal Mauro Gambetti, Homilía del V Domingo de Cuaresma

Cuando la muerte se vuelve hermana

Quizás el momento más hondo de la homilía llegó cuando el cardenal recurrió al lenguaje de san Francisco de Asís para resignificar la muerte. «Se convierte en hermana», afirmó, cuando ya no es un muro sino una puerta: la puerta que abre al encuentro con Jesucristo, tal como ocurrió con Lázaro en su sepulcro.

Esta muerte —y no sólo la física— incluye también «nuestra fragilidad, especialmente la del corazón». La muerte del alma, explicó Gambetti, puede transformarse en hermana cuando oramos desde lo más profundo, cuando dejamos que el quebranto nos abra a Dios en lugar de cerrarnos sobre nosotros mismos. El Velo de la Verónica, entonces, no es sólo una pieza arqueológica de devoción: es un espejo que devuelve al creyente su propia imagen marcada por el sufrimiento, pero también iluminada por la esperanza.

«La promesa de Jesús anuncia la victoria definitiva sobre los exilios a los que estamos condenados: el abandono, la esclavitud, la enfermedad, la persecución, la muerte» — Card. Gambetti

María y Verónica: maestras del camino

Al concluir su homilía, el cardenal invocó dos figuras femeninas como modelos de la actitud con la que el creyente debe afrontar la Semana Santa que se acerca. Primero, Verónica: la mujer que «con misericordia se acercó al Señor y secó su rostro», cuyo gesto de compasión quedó impreso para siempre en el lienzo que los fieles acababan de venerar. «Que ella nos enseñe los sentimientos con los que seguir a Jesús», pidió el Vicario.

Luego, María: aquella que «llevó en su seno la semilla de la vida incluso cuando su hijo moría y una espada traspasaba su alma». La Madre del Señor, de pie al pie de la cruz, es invitada a acompañar a cada peregrino para que pueda experimentar, entre lágrimas, la alegría de la resurrección en «cada situación, en cada momento, en cada instante».

Una Cuaresma que prepara la Pascua

La exposición del Velo de la Verónica no es un ejercicio de arqueología sagrada ni un espectáculo devocional. Es, en la lectura pastoral que ofrece el cardenal Gambetti, una invitación urgente: la de levantar los ojos del suelo de nuestras derrotas y mirar el rostro de Cristo. Un rostro lacerado, sí, pero que porta en sí mismo la promesa de la gloria pascual.

Con ese horizonte, la Cuaresma continúa su marcha hacia el Triduo Sagrado. Roma, ciudad de mártires y peregrinos, ofrece este año —como cada año— el escenario de una liturgia que atraviesa los siglos sin perder su capacidad de conmover. Porque el Santo Rostro no envejece. Y la pregunta que le hizo a Marta sigue sonando fresca: «¿Crees esto?»

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