León XIV abre nuevos caminos hacia los altares: seis figuras avanzaron en el proceso de canonización

El Papa promulgó decretos que reconocen la ofrenda de vida de un cardenal romano del siglo XIX y las virtudes heroicas de un sacerdote irlandés fundador de Boys Town, un pionero del apostolado matrimonial, dos religiosas y un padre de familia italiano. Sus vidas, distintas en origen y vocación, confluyen en una misma certeza: la santidad no conoce fronteras ni condiciones.
Ciudad del Vaticano. El lunes 23 de marzo de 2026, el Santo Padre León XIV recibió en audiencia privada a Su Eminencia el Cardenal Marcello Semeraro, Prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos. Al término del encuentro, el Sumo Pontífice autorizó la promulgación de seis decretos que dan un paso firme —y, para las familias y comunidades involucradas, largamente esperado— en el camino hacia la canonización de figuras muy diversas entre sí pero unidas por una misma fe vivida hasta sus últimas consecuencias.
La jornada fue, sin grandilocuencia, uno de esos momentos silenciosos en que la Iglesia recuerda al mundo que la santidad no es propiedad exclusiva de tiempos pasados ni de figuras distantes: vive en quien ama con constancia, sirve con humildad y persevera en la esperanza.
Un cardenal que entregó su vida en Albano
El primer decreto reconoce la ofrenda de vida del Siervo de Dios Ludovico Altieri, Obispo de Albano y Cardenal de la Santa Iglesia Romana. Nacido en Roma el 17 de julio de 1805 en el seno de una familia de antigua nobleza papal, Altieri abrazó el sacerdocio y el episcopado como servicio, no como distinción. Murió el 11 de agosto de 1867 en Albano Laziale, la diócesis que pastoreó con dedicación hasta el final. La ofrenda de vida es una vía reconocida recientemente por la Iglesia para quienes, sin alcanzar el martirio en sentido estricto, consagraron su existencia al bien de los demás hasta el agotamiento total. En Altieri, esa entrega encontró su forma en décadas de gobierno pastoral discreto, generoso y profundamente humano.
El padre Flanagan y los niños que nadie quería
Pocos nombres evocan una obra tan conocida —y tan necesaria en su tiempo— como el del padre Edward Joseph Flanagan. Nacido el 13 de julio de 1886 en Ballymoe, Irlanda, y ordenado sacerdote para la diócesis de Omaha en Estados Unidos, Flanagan fundó Boys Town, una comunidad para niños sin hogar, huérfanos y jóvenes en situación de abandono que desafió abiertamente los prejuicios raciales de la época: en sus puertas no había distinción de raza, religión ni origen.
Murió el 15 de mayo de 1948 en Berlín, donde cumplía una misión humanitaria encomendada por el gobierno estadounidense para asistir a los niños europeos devastados por la Segunda Guerra Mundial. El decreto sobre sus virtudes heroicas abre la posibilidad de que, una vez verificado un milagro atribuido a su intercesión, pueda ser beatificado. La Iglesia reconoce en él a un hombre que vio a Cristo en cada niño rechazado por la sociedad.
Henri Caffarel: el sacerdote que creyó en el amor conyugal
Cuando el padre Henri Caffarel comenzó a reunir en Francia a matrimonios que querían vivir el Evangelio desde dentro de su vida de pareja, pocos imaginaban que aquella iniciativa crecería hasta convertirse en un movimiento internacional. Nacido en Lyon el 30 de julio de 1903 y fallecido el 18 de septiembre de 1996 en Beauvais, Caffarel fue el fundador de las Équipes Notre-Dame, asociación de espiritualidad matrimonial presente hoy en más de setenta países, y también del Instituto Secular Fraternidad de Nuestra Señora de la Resurrección.
Su convicción era sencilla y radical: el matrimonio es un camino de santidad tan exigente y tan bello como cualquier vocación consagrada. El decreto que reconoce sus virtudes heroicas es, para los miles de matrimonios que siguen su espiritualidad, una confirmación de que estaban en el camino correcto.
Stanisława Samulowska: de Polonia a Guatemala, sin pausa
La historia de la Sierva de Dios Stanisława Samulowska, en el siglo Barbara, es la de muchas religiosas del siglo XX que vivieron el servicio misionero como normalidad cotidiana, sin aspavientos. Nacida el 30 de enero de 1865 en Woryty, en la actual Polonia, ingresó en la Sociedad de las Hijas de San Vicente de Paúl y consagró su vida a los más pobres. La misión la llevó hasta Ciudad de Guatemala, donde falleció el 6 de diciembre de 1950.
Ochenta y cinco años de vida entre dos continentes, una sola fe y un mismo amor a los pobres: eso es lo que la Iglesia reconoce ahora como ejercicio heroico de las virtudes cristianas.
María Belén Romero Algarín: la contemplación hecha entrega
Nacida en Sevilla el 7 de octubre de 1916 con el nombre de María Dolores, la Sierva de Dios que tomaría el nombre de María Belén del Corazón de Jesús vivió su vocación religiosa en la Congregación de las Esclavas del Divino Corazón. Falleció el 12 de noviembre de 1977 en Sanlúcar la Mayor, España, tras una vida marcada por la oración, el sacrificio silencioso y la caridad hacia quienes la rodeaban.
El decreto de virtudes heroicas es el reconocimiento de que en el claustro también se gana la vida eterna, y de que hay formas de heroísmo que no hacen ruido pero transforman cuanto tocan.
Giuseppe Castagnetti: la santidad del hombre corriente
Quizás el decreto que más interpela a la mayoría de los fieles es el que reconoce las virtudes heroicas del Siervo de Dios Giuseppe Castagnetti, fiel laico y padre de familia. Nacido el 15 de marzo de 1909 en Montebaranzone, Italia, y fallecido en el mismo pueblo el 22 de junio de 1965, Castagnetti no fundó ninguna congregación ni recorrió misiones lejanas. Vivió y murió en su tierra, en familia, en comunidad.
Su causa es un recordatorio poderoso de que la Iglesia no canoniza solo a fundadores y mártires, sino también a quienes santificaron su existencia en lo ordinario: el trabajo, la familia, la responsabilidad cotidiana asumida con fe y amor. En tiempos en que tantos fieles laicos se preguntan si su vida tiene peso espiritual, el nombre de Castagnetti responde con una claridad que no admite dudas.
Una Iglesia que muestra sus rostros
La promulgación de estos seis decretos no es un trámite burocrático. Es la Iglesia mostrando, una vez más, la variedad casi inverosímil de rostros que tiene la santidad: un cardenal romano y un padre de familia italiano, una monja polaca en Guatemala y un sacerdote irlandés en Berlín, un visionario del amor conyugal y una religiosa andaluza. Ninguno es igual al otro. Todos apuntan en la misma dirección.
El Papa León XIV, al autorizar estos decretos, no hace sino continuar lo que su oficio le pide: señalar caminos. Y estos seis nombres son, para quien quiera escuchar, una brújula concreta hacia la santidad posible, la de cada día.
