EVANGELIO, LECTURAS Y COMENTARIO | 24 DE ABRIL

Primera Lectura | Hechos 9, 1-20
En aquellos días, Saulo, amenazando todavía de muerte a los discípulos del Señor, fue a ver al sumo sacerdote y le pidió, para las sinagogas de Damasco, cartas que lo autorizaran para traer presos a Jerusalén a todos aquellos hombres y mujeres seguidores del Camino.
Pero sucedió que, cuando se aproximaba a Damasco, una luz del cielo lo envolvió de repente con su resplandor. Cayó por tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Preguntó él: «¿Quién eres, Señor?» La respuesta fue: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate. Entra en la ciudad y allí se te dirá lo que tienes que hacer».
Los hombres que lo acompañaban en el viaje se habían detenido, mudos de asombro, pues oyeron la voz, pero no vieron a nadie. Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía abiertos los ojos, no podía ver. Lo llevaron de la mano hasta Damasco y allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo que se llamaba Ananías, a quien se le apareció el Señor y le dijo: «Ananías». Él respondió: «Aquí estoy, Señor». El Señor le dijo: «Ve a la calle principal y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso, llamado Saulo, que está orando». Saulo tuvo también la visión de un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para que recobrara la vista.
Ananías contestó: «Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus fieles en Jerusalén. Además, trae autorización de los sumos sacerdotes para poner presos a todos los que invocan tu nombre». Pero el Señor le dijo: «No importa. Tú ve allá, porque yo lo he escogido como instrumento, para que me dé a conocer a las naciones, a los reyes y a los hijos de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi causa».
Ananías fue allá, entró en la casa, le impuso las manos a Saulo y le dijo: «Saulo, hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me envía para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo». Al instante, algo como escamas se le desprendió de los ojos y recobró la vista. Se levantó y lo bautizaron. Luego comió y recuperó las fuerzas. Se quedó unos días con los discípulos en Damasco y se puso a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús era el Hijo de Dios.
Palabra de Dios
Salmo | 116, 1-2
℟. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Alabad al Señor todas las naciones,
aclamadlo todos los pueblos. ℟
Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. ℟
Evangelio
Lectura del Santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Juan 6,52-59.
Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
San Irineo de Lyon, obispo (s. II) • CONTRA LAS HEREJÍAS LIBRO V CAPÍTULO II
Pero dicen algunos que la carne no puede recibir la incorrupción. Pues si no puede recibirla, tampoco puede ser salvada; y si no puede ser salvada, tampoco el Señor nos redimió con su sangre, ni el cáliz de la Eucaristía es participación de su sangre, ni el pan que partimos es participación de su cuerpo.
Porque la sangre no procede de las venas y de la carne y de todo lo que es humano, según la constitución del hombre, sino que es de la misma naturaleza que la carne. Y cuando el cáliz mezclado y el pan partido reciben la palabra de Dios, se convierten en la Eucaristía, la sangre y el cuerpo de Cristo, por los cuales crece y se nutre la sustancia de nuestra carne.
¿Cómo, pues, dicen que la carne no es capaz de recibir el don de Dios, que es la vida eterna, cuando es alimentada con la sangre y el cuerpo de Cristo, y es miembro suyo?
Porque así como el pan, que procede de la tierra, al recibir la invocación de Dios ya no es pan común, sino Eucaristía, compuesta de dos cosas, una terrena y otra celestial, así también nuestros cuerpos, al recibir la Eucaristía, no son ya corruptibles, pues tienen la esperanza de la resurrección.
No decimos esto como si la sustancia de la carne dejara de ser carne, sino que permanece la misma naturaleza de la carne, pero recibe la vida eterna por la participación de la Eucaristía.
Así como un sarmiento, plantado en la tierra, recibe el jugo y se hace fecundo, así nuestros cuerpos, alimentados con la Eucaristía, reciben la esperanza de la resurrección.
Porque el Verbo de Dios se hizo carne y sangre por nuestra salvación; y así como nuestra carne se alimenta de su carne y de su sangre, también recibirá la vida eterna.
Pues no es corruptible aquello que participa de la incorruptibilidad, ni mortal lo que participa de la inmortalidad.
Y así como el pan, que es de la tierra, al recibir la invocación de Dios ya no es pan común, sino Eucaristía, así también nuestros cuerpos, al recibir la Eucaristía, ya no son corruptibles, teniendo la esperanza de la resurrección.



