EVANGELIO, LECTURAS Y COMENTARIO | 05 DE NOVIEMBRE

Primera lectura | Flp 3, 3-8
Hermanos: Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho más: circuncidado a los ocho días, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable.Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.
Palabra de Dios
Salmo responsorial
Sal 104 (105), 2-7
℟. Que se alegren los que buscan al Señor.Cantadle al son de instrumentos,hablad de sus maravillas,gloriaos de su nombre santo,que se alegren los que buscan al Señor. ℟
Recurrid al Señor y a su poder,buscad continuamente su rostro.Recordad las maravillas que hizo,sus prodigios, las sentencias de su boca. ℟
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;hijos de Jacob, su elegido!El Señor es nuestro Dios,él gobierna toda la tierra. ℟
Evangelio | Lc 15, 1-10
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».Jesús les dijo esta parábola:«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:»¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido».Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:»¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido».Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
Isaac de la Stella, monje cisterciense (s. XII)
El tiempo favorable. Sermón 35.Cuando llegó el tiempo de la misericordia (Sal 101, 14), el Buen Pastor descendió de junto al Padre, tal como había prometido desde toda la eternidad. Vino a buscar a la única oveja que se había perdido. Para ella fue prometido desde siempre; para ella fue enviado en el tiempo; para ella nació y se nos dio, predestinado eternamente para ella. Es única, sacada tanto de los judíos como de las otras naciones, presente en todos los pueblos; es única en su misterio, múltiple en las personas, múltiple por la carne según la naturaleza, única por el Espíritu según la gracia –es decir, una sola oveja y una innumerable multitud.Ahora bien, las que este pastor reconoce como suyas «nadie puede arrancarlas de sus manos» (Jn 10, 28). Porque nadie puede forzar al verdadero poder, engañar a la sabiduría, destruir la caridad. Por eso habla con toda seguridad diciendo: «Padre, de los que me has dado no se ha perdido ninguno» (Jn 18, 9).Fue enviado como verdad para los engañados, como camino para los extraviados, como vida para los que estaban muertos, como sabiduría para los insensatos, como remedio para los enfermos, como rescate para los cautivos, como alimento para los que morían de hambre. Siendo para todos ellos, se puede decir que fue enviado «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15, 24) para que no se pierdan nunca jamás. Fue enviado como un alma a un cuerpo inerte para que, a su llegada, los miembros se calentaran de nuevo y vivieran una vida nueva, sobrenatural y divina: es la primera resurrección (Ap 20, 5). Por eso él mismo puede declarar: «Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán» (Jn 5, 25). Y puede, pues, decir a sus ovejas: «Escucharán mi voz y me seguirán» (Jn 10, 4-5).



