Santo del Día

SANTO DEL DIA 22 DE JULIO | MARÍA MAGDALENA

En la madrugada del primer día de la semana, cuando aún reinaba la oscuridad, María Magdalena se dirigió al sepulcro de Jesús y descubrió, con asombro y angustia, que la piedra había sido retirada. Inmediatamente, corrió a informar a Simón Pedro y al discípulo amado, expresando su desconcierto: «Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». El evangelio según san Juan describe cómo, sumida en el llanto junto al sepulcro, María recibió la visión de dos ángeles y, poco después, del mismo Cristo Resucitado, a quien inicialmente no reconoció. Solo al escuchar su nombre de labios del Maestro, exclamó: «¡Raboní!», reconociéndolo con el corazón. Cristo la envió entonces a anunciar la noticia a los discípulos, convirtiéndola así en la primera mensajera de la Resurrección.

Este papel único de María Magdalena fue resaltado por san Juan Pablo II, quien la reconoció como la primera testigo del Resucitado y auténtica evangelizadora, destacando la dignidad y misión de las mujeres dentro de la Iglesia. En su carta apostólica Mulieris Dignitatem, el Pontífice subrayó su figura como ejemplo de verdadera anunciadora de la Pascua, cuya misión continúa inspirando a la Iglesia contemporánea en su labor evangelizadora.

Siguiendo esta línea, el Papa Francisco, en el marco del Jubileo de la Misericordia, elevó su memoria litúrgica al rango de fiesta, resaltando la importancia de su testimonio en el corazón de la fe cristiana. Francisco subrayó su amor incondicional a Cristo, quien la eligió para ser la primera en proclamar la Resurrección, dándole un papel destacado en la historia de la salvación.

Considerada “apóstola de los apóstoles”, como definieron Santo Tomás de Aquino y otros Padres de la Iglesia, María Magdalena no solo fue la primera en encontrar al Resucitado, sino también la encargada de anunciarlo a los mismos apóstoles. Su misión se convierte en un modelo para todo discípulo: buscar al Señor no desde seguridades humanas, sino desde la fe, aceptando el misterio divino y confiando en la misericordia de Cristo, que transforma las lágrimas en alegría.

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