Santo del Día

San Cayetano: El sacerdote que lo dejó todo por Cristo y por los pobres

San Cayetano nació en una familia noble y profundamente cristiana. Su padre, un militar valiente, murió defendiendo su ciudad, y tras su fallecimiento, el niño quedó al cuidado de su santa madre, quien se esforzó en formarlo humana y espiritualmente.

Desde joven mostró un gran talento intelectual. Estudió en la Universidad de Padua, donde obtuvo dos doctorados. Allí fue reconocido no solo por su sabiduría, sino también por su amabilidad y presencia respetuosa, cualidades que le ganaron numerosas amistades.

Más tarde se trasladó a Roma, donde ocupó cargos importantes: fue secretario privado del Papa Julio II y notario de la Santa Sede. A los 33 años recibió el orden sacerdotal, pero, movido por su profundo respeto al misterio de la Eucaristía, esperó tres meses antes de celebrar su primera Misa, dedicando ese tiempo a una intensa preparación espiritual.

En Roma se unió a una asociación llamada “Del Amor Divino”, donde los miembros se comprometían a una vida fervorosa y al servicio de los pobres y enfermos. Ante el relajamiento y escándalo de muchos cristianos de su tiempo, San Cayetano sintió el llamado a impulsar una reforma espiritual dentro de la Iglesia. Así nació la congregación de los Padres Teatinos, junto con el obispo de Teati, Gian Pietro Caraffa (futuro Papa Pablo IV).

Su gran anhelo era ver una Iglesia renovada por dentro, que viviera auténticamente el Evangelio. Solía decir: “Lo primero que hay que hacer para reformar a la Iglesia es reformarse uno a sí mismo”. Mientras Europa era sacudida por la reforma protestante de Lutero, él promovía el cambio interior, la fidelidad y el amor por Cristo en el corazón de la Iglesia Católica.

San Cayetano, proveniente de una familia adinerada, renunció a toda su riqueza y la distribuyó entre los pobres. En una carta escribió: “Veo a mi Cristo pobre, ¿y yo me atreveré a vivir como rico?”. También rechazó donaciones que pudieran comprometer su confianza en la Providencia, afirmando que Dios jamás los había abandonado.

Fue también un innovador en la caridad práctica: fundó los “Montes de piedad” (montepíos), instituciones que ofrecían préstamos con intereses muy bajos a los más necesitados, como alternativa a los usureros.

Su amor por Jesús Eucaristía era profundo, así como su devoción por el Divino Niño. Lo llamaban “el padrecito sabio y santo”. En sus momentos libres visitaba enfermos, especialmente los más abandonados.

Un día, cuando en su comunidad no quedaba nada para comer, se dirigió al Sagrario y golpeando suavemente la puerta, dijo con fe: “Jesús amado, te recuerdo que no tenemos hoy nada para comer”. Poco después, llegaron mulas cargadas de alimentos, sin que se supiera quién los había enviado.

En su última enfermedad, rehusó ser acostado sobre un colchón de lana, diciendo: “Mi Salvador murió sobre una tosca cruz. Permítanme morir sobre unas simples tablas”. Así partió al encuentro del Señor el 7 de agosto de 1547, en Nápoles, a los 67 años, consumido por su entrega y caridad.

Pronto comenzaron a obrarse milagros por su intercesión y fue canonizado en 1671.

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