El Papa León XIV restaura la tradición de la Misa del día de Navidad

El Papa León XIV presidirá el próximo 25 de diciembre, a las 10:00 horas, la Misa del día de Navidad en la Basílica de San Pedro, retomando así una tradición papal que no se vivía desde 1994, durante el pontificado de San Juan Pablo II. Desde los tiempos de San Pablo VI, esta solemne celebración había sido confiada a un cardenal, mientras el Santo Padre reservaba para sí la bendición Urbi et Orbi del mediodía.
La decisión ha generado sorpresa entre los observadores vaticanos, pero también ha suscitado una profunda reflexión teológica y litúrgica. Así lo explica el P. Fernando Rivas, OSB, decano de la Facultad de Teología del Pontificio Ateneo Sant’Anselmo de Roma, quien subraya que se trata de un gesto cargado de significado eclesial.
Bajo la inspiración de San León Magno
Para comprender esta decisión, el P. Rivas invita a mirar el nombre elegido por el Papa. León XIV ha querido ponerse bajo el patrocinio de San León Magno, Pontífice del siglo V y doctor de la Iglesia, cuya enseñanza marcó profundamente la espiritualidad de la Navidad. Durante siglos, la liturgia navideña ha conservado sus célebres palabras: «Cristiano, reconoce tu dignidad», recordando que en la Encarnación, Dios se hace cercano al hombre para elevarlo a la vida divina.
La Misa del día, cumbre teológica de la Navidad
En la tradición romana, la Misa del día de Navidad ocupa un lugar privilegiado dentro de la solemnidad. No es una repetición de la Misa de la noche ni una simple continuidad festiva, sino el momento en que la Iglesia contempla el corazón del misterio de la Encarnación.
El Evangelio proclamado —el prólogo de San Juan (Jn 1,1-14)— invita a entrar en la profundidad del Verbo eterno que “se hizo carne y habitó entre nosotros”. Para el P. Rivas, en este texto se revela el núcleo de la fe cristiana: el Hijo de Dios asume plenamente la naturaleza humana para comunicarle la vida divina.
Navidad y Pascua: un único misterio de salvación
La Encarnación, afirma el teólogo benedictino, no puede separarse del Misterio Pascual. Recordando el principio teológico “lo que no fue asumido no fue redimido”, subraya que en el nacimiento de Jesús ya está presente la obra redentora que culminará en la cruz y la resurrección.
Por eso, explica, Navidad no es solo la memoria del nacimiento en Belén, sino la celebración del momento en que Dios asume la condición humana para reconciliarla y elevarla, devolviéndole su dignidad original.
La Encarnación y la unidad de la Iglesia
El misterio de la Encarnación posee también una dimensión profundamente eclesial. En Cristo, señala el P. Rivas, se reconstruye la unidad de la humanidad herida por el pecado, pues solo desde la comunión con Dios es posible la comunión fraterna. En la Misa del día de Navidad, la Iglesia celebra también esta unidad que nace del Cuerpo de Cristo.
Un gesto de comunión visible
En este contexto, que el Papa presida personalmente esta celebración adquiere un alto valor simbólico. No se trata solo de presidir una Misa solemne, sino de hacer visible la unidad de la Iglesia, reunida en torno a su Pastor bajo la cabeza que es Cristo.
Para el P. Rivas, la Eucaristía celebrada ese día es una verdadera Epifanía, en la que Dios se manifiesta no solo en la fragilidad del Niño de Belén, sino también en la Iglesia que nace de su costado y se reúne en torno al Sucesor de Pedro.
Así, la Misa del día de Navidad presidida por León XIV se presenta como un signo de comunión y renovación espiritual, que invita a cada cristiano a redescubrir la grandeza de su dignidad en Cristo y la belleza de pertenecer a su Iglesia.
