Evangelio del Día

EVANGELIO, LECTURAS Y COMENTARIO | 18 DE MARZO

TIEMPO DE CUARESMA

Primera Lectura | Isaías 49, 8-15
Esto dice el Señor:
«En el tiempo de la misericordia te escuché,
en el día de la salvación te auxilié.
Yo te formé y te he destinado para que seas alianza del pueblo:
para restaurar la tierra,
para volver a ocupar los hogares destruidos,
para decir a los prisioneros: ‘Salgan’,
y a los que están en tinieblas: ‘Vengan a la luz’.
Pastarán de regreso a lo largo de todos los caminos,
hallarán pasto hasta en las dunas del desierto.
No sufrirán hambre ni sed,
no los afligirá el sol ni el calor,
porque el que tiene piedad de ellos
los conducirá a los manantiales.
Convertiré en caminos todas las montañas
y pondrán terraplén a mis calzadas.
Miren: éstos vienen de lejos;
aquéllos, del norte y el poniente,
y aquéllos otros, de la tierra de Senim.
Griten de alegría, cielos; regocíjate, tierra;
rompan a cantar, montañas,
porque el Señor consuela a su pueblo
y tiene misericordia de los desamparados.
Sión había dicho: ‘El Señor me ha abandonado,
el Señor me tiene en el olvido’.
¿Puede acaso una madre olvidarse de su creatura
hasta dejar de enternecerse por el hijo de sus entrañas?
Aunque hubiera una madre que se olvidara,
yo nunca me olvidaré de ti»,
dice el Señor todopoderoso.
Palabra de Dios.

Salmo | 144, 8-9.13cd-14.17-18
℟. El Señor es clemente y misericordioso.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. ℟
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. ℟
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. ℟

Evangelio

Lectura del Santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Juan 5, 17-30
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos (que lo perseguían por hacer curaciones en sábado): «Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo». Por eso los judíos buscaban con mayor empeño darle muerte, ya que no sólo violaba el sábado, sino que llamaba Padre suyo a Dios, igualándose así con Dios.
Entonces Jesús les habló en estos términos: «Yo les aseguro: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo. El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace; le manifestará obras todavía mayores que éstas, para asombro de ustedes. Así como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a quien él quiere dársela. El Padre no juzga a nadie, porque todo juicio se lo ha dado al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre.
Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado en el juicio, porque ya pasó de la muerte a la vida.
Les aseguro que viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán. Pues así como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo; y le ha dado el poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que yacen en la tumba oirán mi voz y resucitarán: los que hicieron el bien para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación. Yo nada puedo hacer por mí mismo. Según lo que oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».

Palabra del Señor.


Comentario al Evangelio

Extracto de la homilía San Juan Pablo II, Papa (s. XX) • Audiencia General 30 de septiembre de 1987. Ha entregado el juicio al Hijo
«Mi Padre sigue obrando, y yo también obro» (Jn 5, 17). Con estas palabras —que el evangelista sitúa en el corazón del conflicto entre Jesús y quienes no aceptan su autoridad— se revela el misterio profundo de la relación entre el Padre y el Hijo. Jesús actúa porque está unido al Padre; su obra es la obra misma de Dios. Por eso afirmo que en este pasaje se nos ofrece una luz decisiva para comprender la identidad de Cristo y la naturaleza de su misión.

Jesús declara: «El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre». Esta afirmación, lejos de disminuir su dignidad, manifiesta la perfecta comunión de amor que une al Padre y al Hijo. En esa comunión se funda la autoridad de Cristo para dar vida y para juzgar. «Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere». Aquí se revela el poder vivificante del Hijo, que no es autónomo ni separado, sino recibido eternamente del Padre.

El evangelio añade: «El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo juicio». Este juicio no es condena, sino manifestación de la verdad. Cristo juzga porque conoce el corazón del hombre y porque su juicio es idéntico al del Padre. Por eso dice: «Mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». En estas palabras se expresa la obediencia filial que constituye el centro de la vida de Jesús.

El Señor continúa: «Llega la hora en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán». Esta promesa se refiere tanto a la vida nueva que nace de la fe como a la resurrección final. Cristo es la fuente de la vida porque el Padre «le ha dado tener vida en sí mismo», participando así del atributo divino por excelencia. Y, al mismo tiempo, «le ha dado poder para juzgar, porque es el Hijo del hombre». En Él se unen la divinidad que da vida y la humanidad que comprende y acompaña al hombre.

«No os sorprendáis de esto» —dice Jesús—, porque llegará la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz. Esta palabra anuncia la resurrección universal: los que hicieron el bien resucitarán para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación. Aquí se manifiesta la seriedad de la libertad humana y la responsabilidad ante Dios. La vida eterna no es indiferente al comportamiento presente; es fruto de la acogida o del rechazo de la luz.

Queridos hermanos y hermanas, este pasaje del evangelio nos invita a contemplar a Cristo como Hijo obediente, juez misericordioso y dador de vida. Él no actúa por iniciativa propia, sino en perfecta unidad con el Padre. Su palabra es palabra de Dios; su juicio es juicio de amor; su poder de dar vida es participación en la vida divina. Por eso, quien escucha su voz y cree en Él «tiene vida eterna y no entra en juicio».

Acojamos, pues, esta palabra que ilumina nuestro camino. Dejémonos juzgar por Cristo, que no vino para condenar, sino para salvar. Abramos el corazón a su voz, que llama a la conversión y ofrece la vida. Y pidamos a la Virgen María que nos ayude a vivir en esa obediencia filial que hace de nuestra existencia un reflejo de la voluntad del Padre.

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