Pentecostés: El Papa León XIV llamó a la Iglesia a ser “fuente de paz y comunión” en medio de un mundo herido

En la Basílica de San Pedro, el Papa presidió la Santa Misa de Pentecostés y pidió al Espíritu Santo que sane a la humanidad del odio, la guerra y el pecado. El Pontífice recordó que la misión de la Iglesia no es conservar el Evangelio como un tesoro escondido, sino anunciarlo con valentía y esperanza.
En la Basílica de San Pedro colmada de fieles provenientes de distintas partes del mundo, el Santo Padre Papa León XIV presidió este domingo 24 de mayo la Santa Misa en la Solemnidad de Pentecostés, culminando así el tiempo pascual con una reflexión sobre el don del Espíritu Santo y la misión de la Iglesia en el mundo actual.
Durante su homilía, el Pontífice centró su mensaje en tres grandes dimensiones del Espíritu del Resucitado: la paz, la misión y la verdad. A partir del Evangelio de san Juan, recordó la escena del cenáculo, donde Cristo resucitado se presenta ante los discípulos encerrados por miedo y les concede la paz junto con el Espíritu Santo.
“El Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz”
El Papa explicó que la paz que Cristo ofrece nace del perdón y conduce al perdón. “Jesús resucitado sorprende a sus discípulos con el amor de quien fue traicionado, condenado y crucificado”, expresó, subrayando que el Señor confía a la Iglesia la misión de reconciliar.
Afirmó que Pentecostés representa la alianza nueva entre Dios y todos los pueblos, una ley escrita no en tablas de piedra, sino en los corazones por medio del Espíritu Santo. Esa ley, dijo, es el mandamiento del amor, capaz de transformar el miedo en esperanza y la división en comunión.
“El Espíritu Santo es Señor y dador de vida”, recordó el Pontífice, señalando que la humanidad necesita hoy abrirse nuevamente a la omnipotencia del amor frente al drama de la guerra y las heridas del mundo contemporáneo.
Una Iglesia enviada al mundo
En un segundo momento de su homilía, el Santo Padre profundizó en la dimensión misionera de Pentecostés. Recordó las palabras de Jesús: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”, destacando que toda la Iglesia participa activamente de la misión evangelizadora.
“El Evangelio no pertenece sólo a unos pocos. Toda la Iglesia es protagonista”, afirmó. En ese sentido, alentó a los fieles a anunciar a Cristo con alegría y esperanza, dejando que el Espíritu Santo transforme la historia humana desde dentro.
El Papa también advirtió sobre los cambios y corrientes culturales que, lejos de renovar al hombre, lo envejecen “entre errores y violencia”. Frente a ello, sostuvo que el Espíritu suscita nuevas energías de vida capaces de abrir caminos de salvación y fraternidad.
El Espíritu Santo, fuente de unidad y verdad
Otro de los puntos centrales de la homilía fue la unidad de la Iglesia. El Papa recordó que el Espíritu Santo es el “Espíritu de la verdad” y que su presencia combate todo aquello que rompe la comunión: prejuicios, hipocresías y modas que apagan la luz del Evangelio.
Citando a san Agustín, explicó que el milagro de las lenguas en Pentecostés manifiesta la unidad de la fe en medio de la diversidad de los pueblos. “La verdad que Dios nos da sigue siendo palabra liberadora para todos”, sostuvo.
Asimismo, destacó la acción constante del Espíritu Santo en los sacramentos, especialmente en el Bautismo, la Confirmación y el Orden sacerdotal, donde imprime en los fieles la fuerza para vivir como discípulos y testigos de Cristo.
Un llamado a orar por la paz del mundo
Hacia el final de la celebración, el Santo Padre elevó una intensa súplica por la humanidad. Pidió al Espíritu Santo que libre al mundo “del mal de la guerra”, que sane las miserias humanas y que conceda a los pueblos el don de la verdadera paz.
“La guerra no es vencida por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor”, afirmó el Pontífice ante miles de peregrinos reunidos en la Basílica Vaticana.
Finalmente, encomendó esta oración a la intercesión de María, Madre de la Iglesia, para que el Espíritu Santo siga renovando a los creyentes “hoy y siempre”.



