EVANGELIO, LECTURAS Y COMENTARIO | 27 DE JUNIO

Primera Lectura (Lam 2, 2. 10-14. 18-19)
Lectura del libro de las Lamentaciones.
El Señor devoró sin piedad todas las moradas de Jacob; derribó en su indignación las fortalezas de la hija de Judá; echó por tierra y profanó el reino y sus príncipes. Están sentados en el suelo, silenciosos, los ancianos de la hija de Sión; se han cubierto la cabeza de polvo, se han vestido con un sayal. Dejan caer su cabeza hasta el suelo las vírgenes de Jerusalén. Mis ojos se deshacen en llanto, me hierven las entrañas; mi bilis se derrama en la tierra por el desastre de la hija de mi pueblo, mientras desfallecen sus niños y pequeños en las plazas de la ciudad. Ellos preguntan a sus madres: «¿Dónde hay pan y vino?», mientras cae desfallecidos como heridos de muerte en las plazas de la ciudad, exhalando su espíritu en el regazo de sus madres. ¿A quién podré compararte? ¿A quién te asemejaré, hija de Jerusalén? ¿A quién te igualaré, para poder consolarte, virgen hija de Sión? Porque tu desastre es inmenso como el mar: ¿quién te sanará? Tus profetas te transmitieron visiones falsas e ilusorias. No revelaron tu culpa a fin de cambiar tu suerte, sino que te hicieron vaticinios falsos y engañosos. ¡Invoca al Señor de corazón, gime, hija de Sión! ¡Deja correr tus lágrimas a raudales, de día y de noche: no te concedas descanso, que no repose la pupila de tus ojos! ¡Levántate, y grita durante la noche, cuando comienza la ronda! ¡Derrama tu corazón como agua ante el rostro del Señor! ¡Eleva tus manos hacia él, por la vida de tus niños pequeños, que desfallecen de hambre en todas las esquinas! Palabra de Dios.
Salmo 73 (1-7.20-21)
R. ¡No te olvides de tus pobres, Señor!
¿Por qué, Señor, nos rechazaste para
siempre y arde tu indignación contra
las ovejas de tu rebaño? Acuérdate del
pueblo que adquiriste en otro tiempo,de
la tribu que rescataste para convertirla en
tu herencia. R.
Vuelve tus pasos hacia esta ruina com-
pleta: todo lo destruyó el enemigo en el
Santuario. Rugieron tus adversarios en
el lugar de tu asamblea, pusieron como
señales sus propios estandartes. R.
Alzaron sus hachas como en la espesura
de la selva; destrozaron de un golpe
todos los adornos, los deshicieron con
martillos y machetes; prendieron fuegoa
tu Santuario, profanaron, hasta arrasarla,
la Morada de tu Nombre. R.
Ten presente tu Alianza, porque todos
los rincones del país están repletos de
violencia. Que el débil no retroceda lleno
de confusión, que el pobre y el oprimido
alaben tu Nombre. R.
EVANGELIO (Mt 8, 5-17)
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.
Al entrar en Cafarnaún, se acercó a Jesús un centurión, rogándole: «Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre
terriblemente». Jesús le dijo: «Yo mismo iré a sanarlo». Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: «Ve», él va, y a otro: «Ven», él viene; y cuando digo a mi sirviente: «Tienes que hacer esto», él lo hace». Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes». Y Jesús dijo al centurión: «Ve, y que suceda como has creído». Y el sirviente se sanó en ese mismo momento. Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, encontró a la suegra de éste en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le pasó la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirlo. Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y él, con su palabra, expulsó a los espíritus y sanó a todos los que estaban enfermos, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «Él tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades». Palabra del Señor.
Comentario al evangelio
San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia (s. IV). Sermón • No habría dicho tales palabras si el Señor no hubiera entrado ya en su corazón. 62 A.
La fe del centurión anuncia la fe de los gentiles: humilde y ferviente, como el grano de mostaza. Su hijo estaba enfermo y yacía en casa paralítico, y el centurión rogó al Salvador por su salud. El Señor prometió que iría en persona a sanarlo, pero él replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo» (Mt 8, 8). Se declaraba indigno de recibir al Señor, pero no habría dicho tales palabras si Cristo no hubiera entrado ya en su corazón. Luego añadió: «Mas dilo sólo de palabra y mi hijo quedará sano» (Mt 8, 8). Sabía a quién se dirigía y confiaba en su autoridad. Comparó su mando sobre soldados con el poder absoluto de Cristo sobre la creación: «Sierva tuya es toda criatura; sólo es preciso que mandes para que se haga lo que mandas».
El Señor, maravillado, dijo: «En verdad os digo que no he hallado fe tan grande en Israel» (Mt 8,10). Aunque Cristo vino a los judíos, fue este extranjero romano quien mostró una fe superior. ¿Qué alabó el Señor en él? Su humildad: «No soy digno de que entres bajo mi techo». Esta humildad era la puerta por la que Cristo entró en su corazón, poseyéndolo más plenamente.
Así, el Señor ofreció gran esperanza a los gentiles. Aún no existíamos como creyentes, pero ya nos había previsto, conocido de antemano, prometido. Y dijo: «Vendrán muchos de oriente y de occidente» (Mt 8, 11). ¿A dónde vendrán? A la fe. Creer es venir. No al templo de Jerusalén, ni a un lugar central de la tierra, ni a un monte físico. Sin embargo, vienen al verdadero templo de Jerusalén: el Cuerpo de Cristo, que dijo: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). Cristo es el centro porque es igual para todos. Y también es el monte del que Isaías profetizó: «Será manifiesto el monte del Señor, dispuesto en la cima de los montes y será exaltado sobre todas las colinas y vendrán a él todos los pueblos» (Is 2,2). Este monte creció desde una pequeña piedra hasta llenar el mundo, como reveló Daniel.
«Acercaos al monte, subid a él, y quienes hayáis subido no descendáis; allí estaréis seguros». Cristo es refugio, y aunque está a la derecha del Padre, no se aleja de nuestros corazones. Al centurión, el Señor le dijo: «Vete y que te suceda según has creído». Y en aquella hora quedó sano el niño (Mt 8,13). Como creyó, así sucedió. «Dilo de palabra y quedará sano»: lo dijo, y quedó sano.
No cuesta fatiga mandar, pero ojalá los hombres quisieran obedecerle. Dichoso aquel a quien el Señor le da órdenes, no al oído carnal, sino al del corazón, y allí lo corrige y lo guía.



