Evangelio del Día

EVANGELIO, LECTURAS Y COMENTARIO DEL EVANGELIO DEL DÍA 9 DE DICIEMBRE

Primera lectura Isaias (40, 1-11)
Lectura del libro de Isaias

Dios consuela a su pueblo.
Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados».

Una voz grita: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale.

Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos juntos -ha hablado la boca del Señor-». Dice una voz: «Grita». Respondo: «¿Qué debo gritar?». «Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos; sí, la hierba es el pueblo; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre». Súbete a un monte elevado, heraldo de Sion; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios.

Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede.

Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían».
Palabra de Dios

Salmo te responsorial | Sal 95, 1-3.10-14
℟. Aquí está nuestro Dios, que llega con fuerza.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su victoria. ℟

Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey:
él gobierna a los pueblos rectamente». ℟

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque. ℟

Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. ℟


Evangelio según san Mateo 18, 12-14
Evangelio de nuestro señor Jesucristo
según San Mateo Dios no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.

Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».
Palabra del Señor

Comentario del Evangelio
Francisco, Papa (s. XXI) • Homilía 6 diciembre 2016. Oveja perdida

Hemos leído el Evangelio de la oveja perdida (Mt 18, 12-14), con la alegría por el consuelo del Señor que nunca deja de buscarnos. Él viene como juez, pero un juez que acaricia, un juez lleno de ternura: ¡hace lo que sea para salvarnos! No viene a condenar sino a salvar, nos busca a cada uno, nos ama personalmente, no ama la masa indeterminada, sino que nos ama por el nombre, nos ama como somos. La oveja perdida no se perdió porque no tuviera la brújula en la mano. Conocía bien el camino. Se perdió porque tenía el corazón enfermo, cegado por una división interior, y huye para alejarse del Señor, para saciar ese vacío interior que la llevaba a la doble vida: estar en la grey y escapar en la oscuridad. El Señor sabe esas cosas y va a buscarla.

La figura que más me ayuda a entender la actitud del Señor con la oveja perdida es el comportamiento del Señor con Judas. La oveja perdida más perfecta en el Evangelio es Judas: un hombre que siempre, siempre tenía algo de amargura en el corazón, algo que criticar de los demás, siempre distante. No conocía la dulzura de la gratuidad de vivir con todos los demás. Y siempre, como esa oveja no estaba satisfecha —¡Judas no era un hombre satisfecho!—, se escapaba. Se escapaba porque era ladrón, y se iba por ahí, él solo. Otros son lujuriosos, otros. Pero siempre se escapan porque tienen esa oscuridad en el corazón que le separa de la grey. Es esa doble vida, la doble vida de tantos cristianos, incluso —con dolor lo digo— curas, obispos. Y Judas era obispo, uno de los primeros obispos. La oveja perdida. ¡Pobrecillo! Pobrecillo ese hermano Judas, como lo llamaba don Mazzolari, en aquel sermón tan bonito: Hermano Judas, ¿qué pasa en tu corazón? Debemos comprender a las ovejas perdidas. También nosotros tenemos siempre alguna cosita, pequeña o no tan pequeña, de las ovejas perdidas.

Lo que hace la oveja perdida no es tanto un error sino una enfermedad que tiene en el corazón y que el diablo aprovecha. Así, Judas, con su corazón dividido, disociado, es la imagen de la oveja perdida que el pastor va a buscar. Pero Judas no entiende y al final, cuando ve lo que su doble vida ha hecho en la comunidad, el mal que ha sembrado con su oscuridad interior, que le llevaba a escapar siempre, buscando luces que no eran la luz del Señor sino luces como adornos de Navidad, luces artificiales, se desesperó. Hay una palabra en la Biblia —el Señor es bueno, incluso con estas ovejas, nunca deja de buscarlas—, hay una palabra que dice que Judas se ahorcó, se arrepintió y se colgó (Mt 27, 3). Yo creo que el Señor tomará esa palabra y la llevará consigo, no sé, puede ser, pero esa palabra nos hace dudar. ¿Qué significa esa palabra? Que hasta el final el amor de Dios trabajaba en aquella alma, hasta en el momento de la desesperación. Y esa es la actitud del buen pastor con las ovejas descarriadas. Ese es el anuncio, el alegre anuncio que nos trae la Navidad y que nos pide ese sincero alborozo que cambia el corazón, que nos lleva a dejarnos consolar por el Señor y no por los consuelos que vamos a buscar para desfogarnos, para huir de la realidad, de la tortura interior, de la división interior.

Jesús, cuando encuentra a la oveja perdida no la insulta, aunque haya hecho tanto daño. En el huerto de los olivos llama a Judas «amigo». Son las caricias de Dios. ¡Quien no conoce las caricias del Señor no conoce la doctrina cristiana! ¡Quien no se deja acariciar por el Señor está perdido! Ese es el alegre anuncio, ese es el sincero alborozo que hoy queremos. Esa es la alegría, ese es el consuelo que buscamos: que venga el Señor con su poder, que son las caricias, a encontrarnos, a salvarnos, como a la oveja perdida, y a llevarnos al rebaño de su Iglesia. Que el Señor nos dé esta gracia de esperar la Navidad con nuestras heridas, con nuestros pecados, sinceramente agradecidos, de esperar el poder de ese Dios que viene a consolarnos, que viene con poder, pero que su poder es la ternura, las caricias que nacen de su corazón, de ese corazón tan bueno que dio la vida por nosotros.

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