Monseñor Javier Román, Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica: «Antes de tener seguidores, somos seguidores de Jesucristo?»

Durante el Festival Hechos 29, el obispo de Limón reflexionó sobre los desafíos de evangelizar en las redes sociales y llamó a los misioneros digitales a vivir con coherencia, formarse y poner a Cristo en el centro.
San José, Costa Rica. — Las redes sociales se han convertido en uno de los nuevos espacios donde las personas buscan respuestas, comparten sus inquietudes y también se acercan a la fe. En medio de esta realidad, la Iglesia está llamada a estar presente, pero no simplemente para ocupar un espacio más en internet, sino para encontrarse con las personas allí donde están.
Así lo planteó monseñor Javier Román Arias, obispo de Limón y presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, durante la Santa Misa celebrada el sábado 22 de agosto, en el marco del Festival de Misioneros Digitales Hechos 29, en San José.
En su homilía, el prelado invitó a quienes anuncian el Evangelio en el mundo digital a mirar más allá de las estadísticas, las visualizaciones y el número de seguidores. Para él, la pregunta fundamental no es cuántas personas miran nuestro contenido, sino si aquello que hacemos realmente ayuda a otros a acercarse a Jesucristo.
Evangelizar comienza con la propia vida
A partir del Evangelio, monseñor Román recordó el riesgo de caer en una contradicción entre aquello que se anuncia y aquello que se vive.
Se puede hablar de oración y rezar poco, hablar de misericordia y responder con dureza o defender la verdad sin caridad. Por eso, la misión digital no comienza frente a una cámara ni depende solamente de una buena estrategia de comunicación.
Comienza en la vida del evangelizador.
El obispo destacó que la Iglesia necesita buenos comunicadores, pero, sobre todo, necesita testigos: personas cuya vida pueda sostener aquello que anuncian.
En este sentido, recordó el ejemplo de san Pablo, quien supo salir al encuentro de las personas en los lugares donde se encontraban, escuchar sus preguntas y anunciar a Cristo sin renunciar a su identidad ni despreciar a quienes pensaban diferente.
Hoy, ese espacio de encuentro también se encuentra en el mundo digital.
Detrás de cada pantalla hay una persona
Uno de los llamados más significativos de la reflexión fue recordar que detrás de cada pantalla existe un rostro.
No se trata simplemente de seguidores, perfiles, números o estadísticas. Hay personas concretas, con historias, heridas, preguntas, búsquedas y esperanzas.
Por eso, el misionero digital está llamado no solamente a hablar, sino también a escuchar, acompañar y generar encuentro.
La evangelización, explicó monseñor Román, no consiste en conquistar un espacio en internet, sino en favorecer que una persona pueda acercarse a Cristo y encontrar una comunidad que la acompañe.
La formación también es parte de la misión
En un mundo donde las redes están llenas de opiniones y contenidos de todo tipo, el obispo insistió en la responsabilidad que tienen quienes hablan públicamente en nombre de la fe.
Evangelizar requiere formación. La Sagrada Escritura, el Catecismo y el Magisterio de la Iglesia deben ser fuentes fundamentales para quienes desean anunciar el Evangelio.
No basta con tener buena voluntad. Tampoco basta con comunicar bien o alcanzar miles de seguidores.
El evangelizador necesita estudiar, discernir y saber distinguir entre sus propias opiniones y la enseñanza de la Iglesia. Y cuando no conoce suficientemente un tema, también necesita la humildad de reconocerlo.
La verdad nunca necesita de la crueldad
Las redes sociales pueden convertirse fácilmente en espacios de enfrentamiento. Una diferencia de opinión puede terminar en una discusión y, en ocasiones, en palabras que hieren profundamente.
Frente a esta realidad, monseñor Román llamó a los cristianos a no perder la caridad.
Es posible defender las propias convicciones sin convertir al otro en un enemigo. Es posible corregir sin humillar y hablar de la verdad sin utilizarla como un arma.
Porque, como recordó durante su reflexión, se puede ganar una discusión y perder a un hermano.
Este llamado adquiere especial importancia cuando los evangelizadores abordan cuestiones relacionadas con la vida, la familia, la sexualidad y otros temas que generan fuertes debates en la sociedad. La enseñanza de la Iglesia debe ser anunciada con fidelidad, pero también con humanidad y capacidad de acompañamiento.
Cuando evangelizar deja de ser anunciar a Cristo
Otro de los riesgos señalados por el obispo fue el de convertir la evangelización en una búsqueda de reconocimiento personal.
Hoy hablamos de seguidores, visualizaciones, alcance e influencia. Y tener influencia no es necesariamente algo negativo. El problema aparece cuando el evangelizador comienza anunciando a Cristo y termina construyendo su propia imagen.
Por eso propuso una pregunta que puede ayudar a revisar nuestra presencia en las redes:
Si mañana desapareciera nuestra cuenta, ¿qué quedaría en las personas que nos seguían?
¿Recordarían solamente nuestro nombre y nuestras opiniones? ¿O habría quedado en ellas el deseo de rezar, de acercarse a la Eucaristía, de reconciliarse, de servir y de conocer más a Jesucristo?
Ahí se encuentra, quizás, una de las claves de la misión digital.
También necesitamos aprender a apagar la pantalla
Monseñor Román recordó además que no todo debe ser mostrado.
Quienes evangelizan necesitan conservar espacios de oración, silencio y vida interior que no estén destinados a convertirse en contenido.
La misión digital no puede reemplazar la vida sacramental, la comunidad, el encuentro personal ni la oración.
«Quien habla mucho de Dios necesita, todavía más, hablar con Dios», fue uno de los llamados dirigidos a sacerdotes, religiosos y laicos.
Porque una presencia cristiana en internet pierde su sentido cuando la pantalla termina ocupando el lugar que debería pertenecer a Dios.
Una misión que construye puentes
El misionero digital, según la imagen propuesta por el obispo, está llamado a ser un constructor de puentes: entre una pregunta y una comunidad, entre una herida y una palabra de esperanza, entre quien se siente lejos y una Iglesia que sale a su encuentro.
Las redes pueden abrir una puerta, pero no deben convertirse en el destino final.
La evangelización digital está llamada a conducir hacia el encuentro, hacia la comunidad, hacia los sacramentos y, finalmente, hacia Jesucristo.
Por eso, la misión no puede medirse solamente por aquello que las estadísticas muestran.
«No en cuánto conseguimos que nos miren, sino en cuánto servimos. No en cuántas personas conocen nuestro nombre, sino en cuántas encontraron esperanza. No en cuánto crece nuestra imagen, sino en cuánto espacio dejamos para Cristo», expresó monseñor Román.
«Él tiene que crecer y yo tengo que disminuir»
Al concluir su homilía, el obispo retomó las palabras de san Juan Bautista: «Él tiene que crecer y yo tengo que disminuir».
También para quienes evangelizan en las redes, estas palabras pueden convertirse en un criterio de discernimiento.
No se trata de desaparecer, sino de recordar para quién se realiza la misión. No se trata de rechazar las herramientas digitales, sino de utilizarlas sin permitir que el deseo de reconocimiento termine ocupando el lugar de Cristo.
En un tiempo en que millones de personas pasan parte de su vida frente a una pantalla, el desafío de los misioneros digitales es grande: entrar en ese territorio con preparación, creatividad y cercanía, pero también con una vida que dé testimonio de lo que se anuncia.
Porque, como recordó monseñor Javier Román, antes de tener seguidores, somos seguidores de Jesucristo?.
Y quizás esa sea la pregunta que cada evangelizador digital necesita hacerse antes de publicar: no cuánto quiero que me vean, sino cuánto espacio estoy dejando para que otros puedan encontrarse con Cristo.



