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Haití: “La violencia no puede desanimar a un misionero”

En medio de la violencia de las bandas, los secuestros y una profunda crisis humanitaria, una misionera que lleva más de dos décadas en Haití asegura que permanecer junto a la población es también una forma de responder a la violencia.

Haití atraviesa una de las etapas más difíciles de su historia reciente. La violencia de los grupos armados continúa extendiéndose por diferentes zonas del país, mientras miles de familias viven entre el miedo, los desplazamientos y la incertidumbre.

En este contexto, la Iglesia continúa presente junto a la población.

Maddalena Boschetti, misionera laica fidei donum en Haití desde 2002, compartió con Vatican News su experiencia de vivir y servir en un país donde la violencia ha transformado incluso las actividades más cotidianas: desplazarse, trabajar, conseguir alimentos, asistir a una celebración religiosa o simplemente salir de casa.

Permanecer también es una respuesta

Para Boschetti, abandonar a las comunidades cuando la situación se vuelve más difícil no es la única respuesta posible.

“Estar presentes es nuestra fuerza”, explica la misionera, señalando que compartir la vida cotidiana de las personas y acompañar a quienes más necesitan ayuda se convierte en una manera concreta de enfrentar la violencia.

Su presencia adquiere un significado especial en las zonas donde las instituciones públicas tienen dificultades para llegar.

En muchas comunidades, el sacerdote continúa siendo una referencia para las personas que necesitan ayuda, orientación o simplemente alguien que las escuche.

Un país marcado por la violencia

La situación de Haití continúa siendo dramática.

El reciente ataque ocurrido en Kenscoff, en las cercanías de Puerto Príncipe, dejó decenas de muertos y heridos, además de personas secuestradas. El episodio volvió a poner ante los ojos del mundo una crisis que, según la misionera, no se limita a hechos aislados.

La violencia, los asesinatos, los secuestros y la violencia sexual forman parte de una realidad que afecta diariamente a la población.

Según los datos citados por Vatican News, entre abril y junio de 2026 más de 1.400 personas fueron asesinadas y alrededor de 656 resultaron heridas como consecuencia de la violencia. Además, el número de desplazados internos supera los 1,4 millones de personas.

La voz del Papa

Ante la masacre de Kenscoff, el Papa León XIV expresó su cercanía con las víctimas y sus familias y pidió la liberación inmediata de los rehenes.

El Pontífice también reclamó a quienes tienen responsabilidades que realicen esfuerzos concretos para garantizar la seguridad de la población y poner fin a todas las formas de violencia.

Para quienes viven en Haití, estas palabras son recibidas como un signo de cercanía en medio de una situación que muchas veces parece quedar fuera de la atención internacional.

La Iglesia como punto de referencia

En medio de la fragilidad de las instituciones, la Iglesia continúa siendo para muchas comunidades un espacio de acompañamiento.

Parroquias, sacerdotes, religiosos, religiosas y misioneros permanecen cerca de las familias y de quienes han quedado más expuestos a la crisis.

La misión no siempre puede desarrollarse de la manera habitual. Viajar por las carreteras se ha vuelto extremadamente peligroso y los grupos armados han establecido controles en distintos puntos.

Aun así, la Iglesia busca mantener sus puertas abiertas y acompañar a quienes no tienen la posibilidad de abandonar el país.

“Donde hay mayor necesidad, nuestra presencia es más necesaria”

La experiencia de Maddalena Boschetti deja un mensaje profundamente misionero.

En un contexto donde el miedo podría llevar al abandono, ella considera que precisamente allí donde existe mayor sufrimiento es donde la presencia de la Iglesia adquiere mayor sentido.

Permanecer no significa ignorar el peligro ni negar la gravedad de la situación. Significa acompañar, servir y no abandonar a quienes continúan esperando seguridad, paz y la posibilidad de volver a vivir con normalidad.

La historia de Haití recuerda así que la misión de la Iglesia también se expresa en la cercanía silenciosa: estar junto al que sufre, compartir su realidad y mantener encendida la esperanza cuando todo parece perdido.

Porque en Haití, frente a una violencia que intenta imponer el miedo, una misionera recuerda que la presencia, la solidaridad y la esperanza también pueden ser una respuesta.

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